
Decía
Dante que
cuando a la intención y a la fuerza se une la superioridad de la inteligencia, imposible es oponer resistencia alguna.
Los Perdedores, además, tienen armas. Y grandes.
Andy Diggle anuncia, presenta y denuncia más teorías
conspiranoicas de las que sería capaz de imaginar
Santiago Camacho en
Milenio 3.
Jock (seudónimo artístico de
Mark Simpson) es lo suficientemente conciso como para dibujarlas todas sin caer en el ridículo. La superioridad artística de este tándem en el ómnibus megatocho (760 páginas) de
Vertigo, editado por
PdA, es directamente proporcional al peso del mismo.
Me ha llevado tiempo terminar de leerlo, y entre medias he cometido un pequeño delito: he visto la película homónima. Nada que ver con el original. O bastante, según se mire. Es complicado restarle mérito a la adaptación cinematográfica. Como disculpa, hay que decir que el comic es un vasto cajón de sastre en el que entra de todo: thriller, guerra, operaciones secretas, espionaje, asesinatos selectivos, alta tecnología, traiciones, inadaptados sociales y relaciones humanas.
El guión es denso y frenético, complicado de seguir por ministros y demás lumbreras. Hay mucho
cliffhanger, mucho giro inesperado y resulta escalofriantemente verosímil. Y el dibujo de
Jock, esquemático, descuidado en fondos y perspectivas y casi de story board, entronca perfectamente con lo que el editor
DC busca (me consta: lo entrevisté en el salón del comic de Granada hace tres años).
Andy Diggle parece ser un escritor de esos que valen más por lo que callan que por lo que cuentan, y en tanta página cuenta mucho. Sus diálogos son cortantes como el cuchillo de un ilusionista y las tramas, que se entrecruzan y saltan a su gusto, exigen como dije antes un coeficiente intelectual adecuado. Sólo así tendremos garantías de comprender realmente la crítica, adulta e inmisericorde, realizada al Gobierno –aunque sea en la sombra- de los Estados Unidos.
La estética de
Jock, que es el responsable de la mayoría de páginas del tomo, tiene su (triste) imitación por parte de
Shawn Martinbrough –pese a trabajárselo más resulta menos legible-, su (mala) copia homologada a cargo de
Nick Dragotta -aunque se base en bocetos del original no le llega a la suela del pincel-, su (incomprensible) ruptura de estilo por cuenta de
Alé Garza –lo que se gana en trazo se pierde en agilidad- y
Colin Wilson, y su (justa) horma de zapato en el trabajo de
Ben Oliver –viene a ser Jock pero sin prisas y con más gusto por la caracterización de personajes y fondos-. Gráficamente la obra mantiene un tono oscuro y coherente, con mínimos y máximos, pero perfectamente homologado al sello que lo edita.
Ni que decir tiene que la violencia explícita es el
leitmotiv de
Los Perdedores. Desde las portadas (en esta ocasión hay que agradecer la elección de la mejor para el ómnibus) hasta las frases lapidarias tipo “
tengo un mensaje de EE.UU, caraculo: No te metas con el perro grande”. Pero es violencia real, de telediario de zona de guerra. Y se mire como se mire es meternos un dedo en el ojo para que comprendamos que todo ahí fuera es zona de guerra para según qué gente.
Confieso que aun a regañadientes he disfrutado con la lectura de
Los Perdedores. Porque solo hay una vida para vivirla y no es cosa de que la cara sucia de la realidad te la arruine.