sábado, 25 de julio de 2015

Y cosas por el estilo...

El gusto es mío y la novela, de Vonnegut.
El desayuno de los campeones, la novela que me gusta, es ciencia ficción, sátira social, humor negro, un libro de definiciones y un manual de los jóvenes castores. Así, tótum revolútum. Es la más significativa de su autor, al menos para mí. Para la crítica suele ser Matadero 5. Seguramente por confrontar la inocencia con el apocalipsis bélico. Pero ahí, en Matadero, también hay ciencia ficción y sátira social y humor negro negrísimo y sinsentidos varios. Porque leer a Kurt Vonnegut implica precisamente eso: esperar lo habitualmente inesperado. Hace de las novelas un juego interminable de muñecas rusas, cajas chinas y un par de huevos Fabergé. Es el hombre de las preguntas, que suelen ir desde las más elevadas hasta las más ridículas e insignificantes. Pero más vale que no se convierta en el de las respuestas porque, en sus propias palabras, es duro aceptar el caos, ¡pero puede hacerse!
El desayuno de los campeones tuvo una desafortunada versión cinematográfica dirigida por Alan Rudolph y protagonizada por unos desorientados Bruce Willis, Albert Finney o Nick Nolte entre otros. Incluso contó con un cameo del mismísimo Vonnegut. Pero fue incapaz de levantar el vuelo o de forzar siquiera una sonrisa. La magia de la novela no es extrapolable a imágenes, salvo en manos -quizá- de un Terry Gilliam pasado de vueltas y más (sí, más) esquizofrénico que nunca.
Atesoremos el libro, pues. Una de las mejores novelas jamás escritas. Tan buena que cuando quieran convencer a sus conocidos de por qué deberían leerla, no tendrán más argumento que acabar dibujando lo siguiente:


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