miércoles, 28 de julio de 2010

Echando leche por un colmillo


Pongamos las cosas en su sitio. Nieve roja es un pestiño. No me vengo a referir al libro así titulado por los hermanos Garrido Polonio con el subtítulo españoles desaparecidos en el frente ruso, sino a algo más grave: otra entrega de la franquicia 30 días de noche. Sólo quiero llamar la atención del lector sobre el tema este de la franquicia. Desde que Steve Niles y Templesmith crearan la obra original del mes sin sol, ya me barruntaba yo que esto iba a convertirse en el equivalente comiquero de la saga cinematográfica de Mira quien habla. Hasta la fecha -y si el lector no está conforme, que me lo haga saber- hemos tenido 30 días de noche, Días oscuros y Regreso a Barrow por cuenta de Devir, y por parte de Norma, Historias de Chupasangres, Tres historias, Se extiende la plaga, Eben y Stela y esta Nieve roja.

En esta ocasión, el responsable máximo -guión y dibujo- del sanguinolento desaguisado es el australiano Ben Templesmith, que en ocho años de trayectoria profesional ha sido capaz de lo mejor (Fell, con guión de Warren Ellis) como de lo peor (hay donde elegir). No es el único. Algo de culpa hay que achacarle a Chris Ryall, editor de IDW, incapaz de mantener un baremo de mínimos a la hora de lanzar material a imprenta.

Como hipótesis de trabajo, pero sólo como hipótesis de trabajo, admito que se le adjudique la autoría del guión y por tanto existe la posibilidad de que a Templesmith se le considere guionista (disculpen: es la risa). La premisa, sin ser nada del otro mundo -nazis, vampiros y oscuridad- podría dar mucho juego. Pero el libreto de esta historia pasa por ser una mera anécdota, apenas un suceso lineal, estirado hasta lo indecible y mal contado, que no invita al lector a pasar la página, sino a cerrar el libro. Al lado de Templesmith, el aburrido y repetitivo Niles es Shakespeare. Y ya que me he despachado con la parte literaria, voy con la gráfica: El dibujo es directamente merecedor de fusilamiento en la plaza mayor. Sepa quien ésto lea que no es animadversión personal, sino constatación objetiva del hecho en sí. El descuido y la desgana en el trazo es el indicio más claro de ineptitud. Y cuando vean los caballos que (des)dibuja este señor, o lo que hace pasar por manos, o las desproporciones en las figuras, o la ausencia de fondos, o la (des)composición de ciertas páginas, me darán la razón.

De nada me vale que digan que las mayores influencias de Templesmith son Ashley Wood y Bill Sienkiewicz, porque se quedan en nada. También una de las mías es Bukowski y miren dónde estoy. El australiano es un vago -al menos en este número- que vive del rédito de la fama y de las argucias del photoshop. Quien defiende el estilo de Templesmith dice que consigue una atmósfera macabra y opresiva. Pero no se puede generalizar. Al menos, no en Nieve Roja. El acoso de la pesadilla de su lectura viene por la forma, no por el fondo. No hay filtro ni textura en el tratamiento digital de la imagen que resuelva un dibujo despreocupado, realizado a martillazos. De tal suerte que el desprevenido lector que a golpe de vista se pueda sentir seducido por el conjunto, terminará por agobiarse con tal despropósito que bien pudiera decidir colgarse, siquiera virtualmente, de una higuera.

Vale. Valoro al Templesmith portadista, porque tiene una capacidad de impactar ciertamente notable y más que demostrada (aunque en esta ocasión el editor español haya venido a elegir para este número la más facilona de toda la galería posible, que no la mejor). Sus ilustraciones revelan un estado de la realidad fantástica que inquieta y aterra, en el sentido exacto de las palabras. Pero la globalidad de Nieve Roja no pasa de ser un trabajo de fin de curso sin entidad literaria ni gráfica que se aferra al supuesto prestigio de la franquicia para vender a incautos como yo.

En fin. Está claro el próximo paso: 30 días de noche: mira quien chupa ahora. Con perdón de la mesa.

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